Martes, Agosto 22, 2017

SGAE: La entidad con peor prensa de España

Sus creadores no podían imaginar, hace 110 años, que la Sociedad General de Autores y Editores se iba a convertir en un muñeco de pimpampum. Siempre polémica, este verano ha protagonizado un culebrón. Defensores y críticos explican las razones de la rebeldía ciudadana contra la SGAE.

30-08-2009 -  MIGUEL ÁNGEL BARROSO / ABC .- Si John Dillinger era uno de los enemigos públicos en la América de los años 30 del pasado siglo, la Sociedad General de Autores y Editores (archiconocida por sus siglas, SGAE) se ha convertido en el enemigo público en la España del siglo XXI. Mientras el famoso atracador de bancos era percibido como un justiciero por el respetable, los epítetos que inspira esta entidad de gestión entre gran parte de la ciudadanía bastarían para que sus responsables se lo hicieran mirar. Canon digital, «espionaje» en bodas, cobro de derechos en conciertos benéficos, pleitos con tiendas de consumibles... y, este verano, culebrón en forma de representación teatral de un clásico, han hecho correr ríos de tinta y empeorar la deteriorada imagen de la SGAE, que tiene serios problemas no ya para ser comprendida, sino para pasar desapercibida. Creada en 1899, agrupa a 94.000 creadores musicales, audiovisuales y dramáticos y tiene cerca de 400 empleados, más de 200 representantes, 13 delegaciones en España y oficinas en Brasil, Estados Unidos, México, Cuba, Argentina, Japón y Shangai (China). Sus ingresos en 2008 ascendieron a 334 millones de euros. En esencia, se encarga de la defensa de la remuneración de los autores por la utilización de sus obras (reproducción, distribución, comunicación pública, copia privada...) y el reparto de esa retribución. Algo aparentemente lógico, sensato, legal. A pesar de los avatares que ha tenido que afrontar a lo largo de su dilatada historia, durante un siglo su trabajo fue calificado de modélico. Entonces, ¿por qué se ha convertido en los últimos diez años en un muñeco de pimpampum, en el objeto favorito de la rebeldía de los usuarios de esas obras?

«Hemos creado un coro enorme de gente en contra», reconoce Javier Trujillo, director comercial de la SGAE. «Estamos preocupados, porque combatir esa demonización no es tarea fácil. Lo cierto es que no hay sector económico en este país con el que no tengamos un pacto, y la inmensa mayoría colabora sin problemas; los casos polémicos constituyen una minoría, pero alcanzan una enorme repercusión en los medios de comunicación». Así ha ocurrido este agosto con el pulso con Fuente Obejuna a cuenta de la representación del clásico de Lope de Vega en el pueblo cordobés. Después de algunos titulares ocurrentes («Todos a una contra la SGAE») se supo que el adaptador de la obra, Fernando Rojas, no es miembro de la entidad, así que ahí no había nada que rascar; la reclamación de 31.000 euros al Ayuntamiento corresponde a diversas actividades culturales (fiestas, conciertos, bailes) celebradas desde 1998 con material de gente asociada, un asunto pendiente que ambas partes tendrán que dirimir. Pero fue el levantamiento del pueblo contra «los malos» lo que saltó a los medios, para disgusto de «los malos», por supuesto, y satisfacción de los demás actores: la alcaldesa de Fuente Obejuna y el adaptador de la pieza teatral, que asegura que antes de la trifulca ni podía soñar con el éxito obtenido.

Canon digital

—Oiga, ¿por qué tengo que pagar el canon por un CD que utilizo para guardar mis fotos familiares?

Esta sencilla pregunta ha terminado por convertirse en la semilla del odio hacia el canon digital, sobre todo por la versión corta de la explicación: «Por si acaso». La imagen del ciudadano «sospechoso» ha calado. Y ha indignado sobremanera. «Fijar una obra en un soporte es una acción sujeta a derechos», explica Javier Trujillo en lo que quiere ser una versión larga de la respuesta. «El legislador establece un límite a esos derechos cuando se trata de una copia privada; a cambio, introduce una compensación con un gravamen al soporte virgen. Por supuesto que se tiene en cuenta el almacenaje de imágenes, pero, seamos serios, en el caso de preguntar todo el mundo diría que compra los CD para las fotos de sus hijos, porque vivimos en el país de la picaresca. Hay estudios que demuestran que entre el 70 y el 80 por 100 de esos soportes se utilizan para grabar música y películas». Según la Asociación de Empresas de Tecnologías de la Información y Comunicaciones de España (AETIC), la industria facturó el año pasado cien mil millones de euros en nuestro país por la venta de dispositivos (CD, discos duros, reproductores de mp3...). «La compensación por copia privada supuso 78 millones, es decir, menos de un 0,1 por 100», añade el director comercial de la SGAE. Las nuevas tecnologías y mensajes del tipo «el valor de los contenidos tiende a cero» han contribuido a la percepción de la SGAE como «enemigo de la cultura libre».

«Internet es el paradigma de la libertad, donde los jóvenes encuentran un mundo ilimitado», continúa Trujillo. «Mientras la piratería física pierde fuelle, el intercambio de ficheros va en aumento. La cultura libre está muy bien, pero cuando sea libre la leche, el pan, la carne, la luz, el agua...».

La red se ha convertido en el campo de batalla de los defensores y detractores de la fórmula de cobro. Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información en IE Business School, es uno de los principales «látigos» de la gestora. Sus intercambios de golpes con Eduardo Bautista, presidente del Consejo de Dirección de la SGAE, son de sobra conocidos. Dans culpa a la SGAE de ser «uno de los principales responsables del retraso tecnológico español en virtud del miedo que inspira a los usuarios». En su opinión, el papel que está teniendo en el desarrollo de las reglas del juego es tan relevante «que la ley se construye perfectamente a su medida». En este contexto, Dans se muestra muy crítico con el nombramiento de Ángeles González Sinde como ministra de Cultura. «El Gobierno obedece a una petición de Estados Unidos para controlar más el tráfico en internet, porque la industria de la cultura es allí muy importante y quieren ganar tiempo para repensar los modelos. Allí y aquí pugnan tres lobbies poderosísimos, el de los derechos de autor y la industria, el de las telecomunicaciones y el político, siempre interesado en controlar la información. Si esos grupos de presión ganan, habrá un nuevo internet, quizá como una televisión de pago, en el que sólo unos pocos tengan acceso a determinados contenidos. Pero enfrente está un mundo refractario a toda regulación, y, sobre todo, está el hecho de que nadie ha conseguido parar el tren de la tecnología».

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